Tal vez una historia real... o no

Iber: la sombra que baila en los billetes de la corrupción

Por Rosario Agostini
sábado, 13 de mayo de 2017 · 05:18:00 p.m.
Iber tenía no más de 12 años, vió morir a su madre de cáncer en esa pieza tan pequeña que no cabía ni el dolor de la soledad que lo aquejaba. Su papá lo había abandonado hacía años. Su hermano vivía con la Flaca en Cuyaya. Él nunca había salido del barrio Bartoletti, hasta el día que fue Tortilla a buscarlo para que fuera a vivir con la Flaca. No tenía demasiadas opciones, ¿qué podía hacer? No tenía madre, ni padre, ni más familia que su hermano que vivía con una desconocida en un barrio desconocido pero que por lo menos le ofrecía un techo y comida. 
Vivía con otros que eran más grandes que él. Le dieron la tarea de limpiar la casa junto a otros que cumplían tareas parecidas. Estaba al servicio de la Flaca, su esposo y los hijos de éstos, además de los invitados y habitantes circunstanciales de la residencia de lo que parecía una monarquía marginal en una provincia marginal. 

Su vida era apacible, a pesar de su historia de abandono y soledad, y de tener que pagar la comida y el techo con trabajo servil, hasta que un día llegó de la escuela un poco más tarde de lo acostumbrado. Uno de los guardias del pequeño imperio marginal lo tomó del brazo con violencia llevándolo casi con los pies en el aire por las escaleras hacia el cuarto de la Flaca diciéndole que lo estaban esperando. 

Lo tiró dentro de la habitación donde había varias personas, lo encaró la Flaca quien le olió todo el cuerpo acusándolo de haber estado fumando en la "placita” del barrio, gritándole que era un vago y que ella no mantenía a vagos. Ordenó entonces que lo ataran a una silla y le sacaran la remera, cosa que los guardias imperiales cumplieron al pie de la letra. Una vez atado, la cruel reina comenzó con el castigo contra su pequeño y pobre súbdito. Tomó un cinto y le pegó una, dos, tres y mil veces, en la espalda, en el pecho, en la cara. Cansada de sostener el cinto, lo tiró a un costado, cerca de su marido que miraba con placer el momento de violencia y penas corporales como en la Roma Antigua ejercida por los emperadores, y comenzó a golpear al niño con las manos, para dejar marcado en el rostro los dedos de la emperatriz marginal. 

Cuando el rostro de Iber no daba más de la hinchazón y la sangre, finalmente la emperatriz y su esposo saciaron la necesidad de sangre de su propia clase y ordenaron desatarlo para mandarlo a la ducha. Iber no podía ni siquiera defenderse. Nadie le creería o no se animarían a contradecir los dichos de la pareja monárquica. 

Iber se recuperó como pudo. Sin embargo, la escena se repitió una y otra vez, hasta que por fin su cuerpo no aguantó más y fue perdiendo contacto con la realidad. Comenzó a hablar solo, a tener conductas psicológicamente atendibles. Frente a esto, la monarquía marginal sentenció que se drogaba y lo echó a la calle. En soledad deambulaba por la ciudad hasta que alguien lo llevó hasta el hospital siquiátrico. Tortilla lo fue a ver. Estaba tan medicado que no podía ni siquiera enfocar la mirada. Un día se escapó y fue a parar con unos parientes del interior de Salta. Lo encontraron una noche, desnudo, en un calabozo junto a otros detenidos, vejado y entregado a su suerte que si nunca se hubiera encontrado con la Flaca, tal vez no hubiera sido como fue. 

Iber era sólo un chico. Se convirtió en la sombra de un fantasma a manos de la salvaje construcción de un poder que se valió de su dolor para mostrar el horror del ejercicio de la conducción de la marginalidad, el aprovechamiento del silencio y la falta de oportunidades de los otros.     

Iber fue una víctima más, de las tantas víctimas, que regaron con su sangre el poder constituido que le otorgó un sistema a un conjunto de personajes que traicionaron a los suyos para convertirse en cómplices de los ricos y políticos de siempre creyendo que serían parte de esa elite jujeña que históricamente mantuvieron el poder detrás del paso de comedia que significó en esta provincia la democracia fáctica del voto y los cargos en cuestión. 

La cordura y la vida de Iber es el precio que tuvo que pagar parte de esta sociedad, en algún sentido hipócrita, que se contenta con tener presos a los emperadores marginales que quisieron ser parte de las élites dominantes, permitiendo que los que verdaderamente hicieron los negocios y se enriquecieron con los movimientos de suelo, los áridos, los alquileres de máquinas, la venta de materiales de construcción en negro, el desmalezamiento trucho,  la sobrefacturación, financieras que llevan y traen dinero, la facturación en negro, los acuerdos para las tomas de tierras para que el Estado las terminara comprando, los funcionarios que arreglaban tales cuestiones, etc., sigan libres sin cargo ni culpa disfrutando del dinero mal habido y manchado con la sangre de la cara de Iber, la cordura de Iber y de tantos otros que quedaron en el camino y que a nadie le importa. 

Hoy, algunos cenan opíparamente en un conocido restaurante, acompañan un buen pescado con un suavignon blanc 2.670, arreglando los buenos negocios que se vienen entre obras, puentes y seguros, cerrando la noche con un etiqueta negra, mientras los otros esperan en la mesa de siempre de la estación de servicio el resultado del encuentro para saber en qué invertir el producto de todo lo acumulado a través del trabajo mal pago y el robo a miles que dejaron su dignidad en el maltrato perpetrado por el emperador y la emperatriz a la que solían visitar para hacerlos sentir parte de esa mesa que jamás conformarían. 

Los hijos de todos ellos, en tanto, disfrutan de las mieles del dinero ensangrentado, sangre que por la hipócrita comedia que vivimos no pueden ver, vacacionando en paradisíacas playas del caribe, circulando en BMW o en Audi  o en alguna Can Am extravagante, imaginando que papá es un brillante empresario del ambiente. 

Iber, mientras tanto, camina solo por el monte, tratando de encontrar el significado de una sombra. Y baila, baila desnudo, mientras alguien lo manda a ducharse, después de la golpiza que ya no siente en el cuerpo, porque sólo busca una sombra, una sombra que quedó plasmada en cada billete de cada fajo de cada empresario y funcionario enriquecido. 

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Satisfacción
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Esperanza
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Bronca
12%
Tristeza
0%
Incertidumbre
1%
Indiferencia